miércoles, 21 de enero de 2009

tirando piedras..

Era un soleado día de verano de 1.234, de esos en los que los rayos del sol caen como una manta sobre nosotros, y podías sentir la gota de sudor recorriendo las patillas bajo la tela que llevaba para proteger la cabeza.
Habíamos cabalgado durante toda la jornada para llegar a la posada de las armas, fuera del recinto amurallado de la ciudad. Se trataba de una de esas casonas de gruesos muros de piedra pero de estructura interna de madera que se encontraba en la ruta de subida hacia la puerta de entrada principal de la muralla.
La calle que daba acceso a la misma estaba completamente empedrada, con la precisión romana, y en el centro de la misma discurría el cauce vacío de una minúscula acequia que obraría como alcantarillado en caso de fuertes precipitaciones.

La ciudad estaba en guerra con un enemigo sarraceno, conocido por la ferocidad de sus armas y su falta de piedad con los enemigos conquistados. Habíamos sido enviados por una ciudad vecina, aliada en los reinos cristianos, ya que el concierto económico que existía entre ambas, permitía, además de una tasa de cambio de moneda de esas ciudades paritaria, permiso de tránsito ilimitado y resolución de conflictos mediante tribunal de composición mixta formado entre los prohombres de cada ciudad.

La dueña de la casona, que en realidad era una posada de tránsito (ya que por allí transcurría el camino de Santiago* y era importante paso transhumante) era una mujer relativamente joven, resuelta y autoritaria debido a su pronta viudedad de su marido en el campo de batalla años atrás. Iba vestida a la manera tradicional de la Alta Edad Media, es decir, con un vestido de escote cuadrado y falda al vuelo de tela fuerte verde hoja y camisa blanca. Era una mujer bastante pulcra ya que el vestido estaba bien cuidado, al igual que la casa, y se podía apreciar la limpieza de cocinas y salones.

Nada más llegar saludó efusivamente a mi maestro, ya que había sido compañero de armas de su difunto marido, y a mi me dio un profundo abrazo en el que trasmitía su gratitud para con nosotros en la ayuda de la presente empresa.

Estaban de celebración por la victoria de la anterior escaramuza sarracena en la ladera norte de la ciudad, y su euforia se veía incrementada de manera nerviosa, casi histérica, esperando la respuesta del ejercito oponente, que no acababa de llegar. Por eso nosotros, los refuerzos, les alegraba de sobremanera.

Poco más recuerdo de lo acontecido durante las horas de luz de ese día, lo que más soy capaz de recordar es que subimos al pajar de la casa, que realmente se trataba de un piso más diáfano, con unos ventanales en el centro dando a la calle, muy iluminado por la luz de la clara luna nueva que rielaba sobre nosotros esa noche, el fulgor de las estrellas y el resplandor de las antorchas dentro de la casa.

Por doquier se repartían guerreros cansados, tumbados en mantas posadas sobre montones de paja, solos, afilando sus espadas, o en compañía de sus esposas que les hacían arrumacos, o con los amigotes, riendo de forma bravucona brindando en sus vasos de barro rebosantes de vino de la casa.

Recuerdo que había una gran mesa rectangular, bastante estrecha, cubierta con un paño blanco de tela gruesa, y sobre ella, presentados había cuadrados de pasteles hechos con cereales.

Al introducir el primero de esos pasteles en la boca, recuerdo que pensé que era muy seco, pero que mejor en esta época estar bien alimentado para poder afrontar mejor las épocas de carestía, y que los azúcares y harinas que habían formado los pasteles bien merecían un hueco en mi estómago.

Al alba nos despertamos con rumores de guerra, con el olor a miedo y a concentración por todas partes, ya que noticias de que habían visto al enemigo volaban de boca en boca.

Se oyeron unas cornetas, y de repente nos dimos cuenta que silenciosamente el enemigo había rodeado el edificio de la casa de hospedaje, y mientras la gente protegía accesos a la misma, arrojaban desde la casa arenas incandescentes, piedras, muebles o cualquier objeto que pudiese ser susceptible de causar un daño al enemigo.

Una lluvia de flechas, mortalmente certeras atravesaban las ventanas poco protegidas de la casa.

Mi labor fue la de intentar poner a salvo y garantizar la integridad de los menores y mujeres que en esos momentos se encontraban en la casa, por lo que solamente percibía momentos de la refriega, gritos, gente corriendo por los pasillos..

Llegó un momento que parte de la casa se derrumbó, mientras mis protegidos (o lo que quedaba de ellos) y yo, intentábamos alcanzar la protección de las murallas desde el tejado de la casa, y entre los restos humeantes de la parte hundida, se paseaba un ejército enemigo, no sarraceno, sino cristiano, acabando con la vida de los que aún quedaban con vida, entre ellos la valiente y luchadora viuda de la cual sólo asomaba su mano entre las piedras que enterraban su cuerpo, esperando que cayésemos del tejado al cual no tenían acceso y con el que no pensaban desperdiciar sus flechas.

Intenté construir una escala con los materiales que podríamos encontrarnos en el tejado, pero no había nada que nos pudiera servir y los supervivientes (tanto hombres como mujeres y niños) estaban asidos a recovecos de los muros de piedra que aún permanecían en pie, estaba intentando escalar por los mismos, para acercarme a la muralla cuando…..

…sonó el despertador.

Y es que todo había sido un sueño. Estos días estoy contento porque estoy soñando mucho, lo cual significa que estoy descansando de verdad. Últimamente sólo consigo dormirme sin sueños, levantándome cansado y habiendo estado pendiente medio en vigilia de todos los ruidos y movimientos de la gente a mi alrededor.

Y después de la publicidad, el sueño de anoche.

* es un sueño, no pidais rigor histórico.

2 comentarios:

Reikjavik dijo...

Anda, pues es un sueño muy épico e interesante, la Edad Media me ha interesado siempre, al igual que el Renacimiento, me parecen las dos épocas cumbre de la humanidad.

Me alegro de que estés descansando, eso significa que el malestar de hace una semana y pico ya ha desaparecido.

Muchos besos.

Tarn dijo...

Joé, ya me gustaría a mi tener sueños tan ricos en aventuras y detalles como los tuyos. Y encima ambientados en la edad media!

Qué sigas descansando igual de bien y felices sueños :D

Besos!